jueves, 5 de junio de 2014

Cuestión de estética

A los roleros, sobre todo a los interesados en el diseño de juegos, se nos suele oír decir cosas como que para que un juego sea bueno no es necesario que sea estéticamente atractivo. No es que no nos gusten las ilustraciones, ni que disfrutemos cuando un libro de cuarenta euros se nos deshace entre las manos. Más bien se trata de que hay ciertas cosas que pueden verse sin más que leer el texto en crudo, aunque venga en un txt.

Y aunque no pretendo decir lo contrario, sí que voy a intentar aportar un nuevo punto de vista al viejo debate de las ediciones de lujo, la inversión desmesurada en ilustraciones, las cajas y las encuadernaciones de cartoné del que solo he sido plenamente consciente tras mi paso por el curso de Gamification Design del que os hablaba el otro día.

En particular, una de las cosas que mencionaba en esa entrada era la importancia de tener en cuenta las 16 deseos básicos de Stephen Reiss, que reproduzco bajo estas líneas, a la hora de diseñar una experiencia de gamificación. Como podéis ver uno de ellos es el Romanticismo, que hace referencia no solo al plano meramente sexual, sino también a la estética y belleza del diseño.


Es cierto que el argumento no es ni mucho menos nuevo y que muchos opinaréis que no hay que irse a la psicología aplicada para acabar diciendo algo tan sencillo como que "las cosas bonitas molan más". Pero, oye, si vamos a intentar poner un poco de rigor en el diseño de juegos de rol, mejor hacerlo con unas bases más solidas y contrastadas que un "pues a mi me parece que", aunque sea algo que haya que plantearse hacia el final del trabajo.

Y es que, dándole vueltas al asunto, acabé por darme cuenta de que en muchos casos el aspecto y las ilustraciones no son solo la primera forma que tenemos de disfrutar del libro, aún antes de pasar por caja, sino que además pueden convertirse en la única manera de aprehender físicamente el universo ficcional que nos plantea el juego, que de lo contrario solo existe como un constructo mental compartido por los jugadores.

¿Es irracional? Probablemente, y mucho. Pero cuando no estás intentando demostrar el valor intrínseco del arte por el arte (o el diseño por el diseño, en este caso), sino que quieres pasta, el marketing es la guerra y ahí todo agujero es trinchera. Y si además de un buen producto puedes dar un buen producto con un aspecto que quita el hipo, pues venderás más.

Claro que, bajo esa excusa, se puede aprovecha también para vender más unidades de un producto mediocre o malo, porque "las cosas bonitas molan mas... aunque no sean del todo buenas". Pues si no quieres que te pase eso, no te limites a ojear fotoreseñas y lee una o más reseñas completas para saber si lo que te venden te interesa de verdad. Pierdes tiempo, pero ahorras disgustos. 


Pero, ¿para qué hablar de generalidades ni casos prácticos cuando tengo el ejemplo en mi propia casa? El otro día me quejaba de que la decisión de Devir de publicar El Corazón del Yermo en cartoné me jodía la visual de la estantería. Es un criterio meramente estético. Soy tan irracional como el que más, salvo que me doy cuenta. Además en este caso el material es excelente al margen de su estética y habría pagado gustoso los mismo veinte euros en tapa blanda.

¿Queréis saber otra? Ando esperando a que la edición rústica de Danza de Dragones de Gigamesh baje de precio porque el que me compré en inglés no queda bonito al lado de los demás. Esta es más gorda, porque esa compra no me va a aportar nada nuevo, salvo satisfacción estética. Me consuelo pensando que sería peor si me hubiera lanzado a pagar los treinta y seis euros del precio de lanzamiento. Pero caer,  lo que es caer, caerá. Fijo.

En definitiva, que es cierto que la estética no aporta nada al valor estrictamente funcional de un juego o suplemento, pero ahí está y pesa lo que pesa. O más bien lo que la dejemos pesar. Como consumidor intento ser consciente de ella, evaluar la calidad del producto al margen de ella y limitar su influencia. Como diseñador y pensando en otros diseñadores, recomendaría tomar nota de que, no siendo el único factor importante, tampoco se puede despreciar su influencia.